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Isidro se lava la cara en las turbias aguas del río que pasa junto a su choza. No soporta los pleitos entre los padres, el llanto del pequeño y los gritos de Amelia, su hermana mayor, que trata de poner un poco de orden y lo único que consigue es más confusión. Pero más que todo, quiere disimular las lágrimas de miedo al escuchar la amenaza del padrastro de venderlo si no traía más dinero a casa, y sabe que es capaz de realizar semejante barbaridad, sólo espera un descuido de su madre para hacerlo.
Levanta los ojos al cielo y la luna, brillante en su plateada vestidura le sonríe y no sabe porqué. Él no puede sentirse bien, tiene hambre, un hambre que le retuerce el estomago, está asustado y el miedo hace temblar su cuerpo.
El pequeño no asiste a la escuela, no porque no quisiera, pero el tiempo no le alcanza para asistir a clases, las tareas y vender chicles y dulces en la calle y pobre de él si no llevaba dinero suficiente, entonces, su padrastro se encarga de cobrárselo a base de cinturonazos. En su inocencia de diez años se pregunta:
––¿Por qué no podemos vivir en una casa como las demás sin tantas goteras, vestirnos o comer como otros niños?
––No seas tonto… ––contesta su hermana Amelia–– a nadie le importamos, somos los sucios y olvidados… los invisibles, hasta creo que nos tienen miedo y por eso nos evitan. No quieren vernos.
––¿Te interesa la escuela? ––pregunta Isidro cambiando de tema porque no le gusta lo que dice su hermana.
––No mucho ––contesta Amelia––, la maestra... como que no se lleva muy bien conmigo y siempre está duro que dale para que no falte tanto, lleve la tarea, me cambie de ropa… hasta creo que por eso nadie quiere juntarse conmigo, por los trapos que uso.
––Lo mismo me pasa a mí, pero yo sí quiero ir para aprender y leer todos esos libros tan bonitos que hay en los puestos de las esquinas y en las tiendas bien grandotas llenas de luces. Algunas veces se me antoja entrar, solamente para verlos de cerca, pero sé que no me dejarían.
––¡Isidro, Amelia, vengan a acostarse, ya es tarde y tienen que ir a la venta muy temprano! ––escuchan el llamado de su madre–– a su hermanito no le pasa la calentura y al amanecer voy a tener que ir al hospital ––comenta cuando los ve cerca.
––Tampoco vamos a comer mañana ––murmura Isidro.
––Te voy a decir algo… ––su hermana al escucharlo, se acerca y le habla al oído–– con el primer dinero que tengas cómprate algo para que comas.
––Mi papá me va a pegar si no traigo el dinero completo.
––¡No es tu papá! ––contesta Amelia con voz ronca–– él se fue hace mucho tiempo, por eso odio tanto a este viejo borracho… prométeme que nunca te vas a quedar solo con él…, y los golpes, pues con dinero o sin él de todos modos nos los da, vale más con el estómago lleno ¿no?
Isidro entra en el jacal de láminas de cartón. Tiradas en el suelo, unas arpillas amontonadas como camas y unos huacales y dos sillas rotas alrededor de una mesa sostenida con tabiques porque le faltaba una pata, ahí comen, hacen tarea y lo que se ofreciera. Un hombretón, desguanzado sobre un desvencijado sillón, bebe a pequeños tragos la dosis de alcohol que aún no ha tenido tiempo de terminar. Viste una camiseta renegrida por el sudor y mugre con agujeros por todas partes y el pantalón, amarrado con un cordel, en iguales condiciones.
Con los ojos enrojecidos por el vino y la rabia, ve a los niños y sin decir una palabra, arremete en contra de ellos con tremendos golpes mandándolos al suelo. Isidro alza los ojos con las calladas lágrimas escurriendo por sus mejillas, se muerde los labios para no gritar de dolor y de coraje al ver a su hermana sangrar de la frente.
Escucha un golpe seco, igual al que hace don Cosme cuando parte los cocos en su carrito de aguas frescas y ve el cuerpo que lo pateaba, derrumbarse igual a un muñeco de trapo junto a él; los ojos azorados sin entender qué le había pasado, lo miran fijos y un hilo de sangre empieza a arañarle el rostro.
––¡No más…! ¡No más…! ––escuchan el grito de su mamá.
Isidro, apretándose el estómago por el dolor de la golpiza, levanta la vista y ve a su madre con el pesado sartén en donde fríe las empanadas en la mano.
––¡Te dije que ya no más!… que nos dejes en paz… que te vayas a otro lado si tanto te enoja vivir aquí… no sigas lastimando a mis hijos.
La voz se corta al ver que no se mueve; se arrodilla junto al inerte cuerpo, lo palpa y pone el oído en donde piensa que está el corazón, pero no escucha nada, le levanta un brazo que cae como una rama de árbol tronchada por el vendaval.
––¿Está muerto? ––susurra Amelia.
––Sí ––contesta su madre preocupada–– no quise pegarle tan fuerte, fue un accidente. Pero ya no soporto verlo maltratarlos tanto ––los sollozos no la dejan continuar.
––¿Y qué hacemos ahora?
––No lo sé… dame tiempo para pensar ––tartamudea por la angustia, no puede apartar los ojos del inerte cuerpo despatarrado en el suelo.
––¿Pedimos ayuda? ––pregunta Amalia con el miedo pintado en el rostro.
––¡No!
––Tienes razón, mamá, si decimos algo nos llevarán a todos a la cárcel, a nadie le interesa lo que nos hacía este hombre, lo más seguro es que no nos crean y entonces ¿que sería de mi hermanito?
––¡Ya sé! Diremos que nos abandonó ––responde la señora–– así… él descansa y nosotros también.
Isidro se levanta como sonámbulo y ayuda a envolver el cuerpo con trapos sucios, lo arrastran hasta la orilla del río y ven como se va yendo junto con la mansa corriente. Un poco adelante se atora con las hierbas que crecen en la rivera y vuelven a empujarlo hasta que por fin se pierde en la noche. Apresuradamente borran todo vestigio de su presencia. Las botellas vacías y los escasos trapos que le pertenecen, acaban en el tiradero de basura a unos metros de distancia de su choza.
––Está mal lo que hicimos ––dice la señora––, por la tarde iré a presentar la denuncia.
Pasan los días y un poco de paz llega por fin a la familia pero no se percatan que Isidro no habla desde el accidente. El muchacho tiene grabado en la memoria, los terribles ojos vidriosos y perplejos del padrastro y la telaraña de sangre cubriendo el cadavérico rostro. Esa noche, después de cenar, sale como de costumbre a refrescarse y se sienta sobre el verde pasto a la orilla del río y contempla la negra inmensidad sobre su cabeza cubierta de brillantes estrellas, Amalia se tumba junto a él.
––Lo que nos pasó fue algo terrible pero piensa, a mi mamá la hacían sufrir más los golpes que nos daba el viejo, a los que ella recibía, además todo el dinero que ganaba en lavar ropa se lo quitaba para su aguardiente. Yo la comprendo… y ya ves, se va a cumplir tu deseo de regresar a la escuela, ya tienes ropa nueva… ––calla ante el mutismo de Isidro––. Háblame hermanito… ¿Tienes miedo que la policía se la lleve o es la muerte la que te aterroriza tanto? Ya no te preocupes… ¿sabes a quién vi el otro día en el mercado?... ¡al padrastro! con la cabeza vendada tomando con sus cuates. Creo que mi mamá lo sabe y por eso no presentó la denuncia. Debió de haber estado tan borracho que no sintió nada. Menuda sorpresa se habrá llevado cuando despertó quién sabe dónde. Tranquilízate, no nos van a separar y creo que el pillo ya no volverá por aquí. Buen susto le sacó mi mamá...
La risa de Amelia relajó la cara de Isidro que se sentó, extendió una mano hacia las luces de la ciudad y otra al cielo y exclamó:
––Hermanita ¿Sabes a qué le tengo miedo?... al abandono. Me alegra que el viejo esté bien y espero que tengas razón y no vuelva pero… ¿Sabes? Tengo que trabajar y aprender mucho porque ya sé lo que no quiero ser. No quiero ser una persona irresponsable igual a mi padre que me abandonó y menos como el horrible padrastro. No quiero seguir viviendo aquí. Tampoco quiero que mamá continúe trabajando como hasta ahora y ganando solo unas cuantas monedas. Y que tu no vayas de casa en casa pidiendo trabajo y haciendo lo que sea para traer algo de dinero o comida. No quiero volver a llorar de hambre ni de cansancio y mucho menos, vivir con miedo de ser abandonado, ahora sé que mi madre no lo hará nunca.
Acababa de convertirse en hombre aún a su corta edad. Había entendido lo que una vez le dijera su maestra:
––De ti depende tu futuro y lo harás a tu manera.
Isidro va todos los días a la escuela con muchas ganas de estudiar para leer todos los libros que pueda conseguir y así, poder saber mucho porque ahora sabe lo que sí quiere ser, una persona feliz junto a su familia.
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